sábado, 4 de octubre de 2008

y del amor mejor ni hablo...


Completamente a oscuras me encontré, un silencio de funeral invadía el ambiente todo, ese tipo de silencio q enferma la mente...
A tientas busque la perilla de luz hasta q conseguí encontrarla, entonces lo vi.
No pude imaginar quien se había atrevido a sacarlo del fondo de mi cajón de ropa, estaba polvoriento, pero aún así el filo era el de siempre, era de esperarse, hacia tiempo q no lo utilizaba.
Se veía demasiado tentador, ahí, sobre la mesa de noche, intentando llamar mi atención.
Me acerque y le limpie el polvo con la remera q llevaba puesta en ese mismo momento, al hacerlo, sonreí ante el recuerdo de las incontables noches q pase con el, y siempre haciéndome la misma pregunta:
¿Cuánto placer puede darme el dolor? Sentí algo de rabia al recordar ese interrogante, ya q aún no le había hallado una respuesta.
"Paso tanto tiempo.." Me dije a mi misma, mientras lo miraba y volvía a mirar, a la vez q los dolorosas pero aún así placenteros recuerdos llegaban a mi.
Apoye su punta (la afilada, claro esta) sobre la palma de mi mano derecha, pero sin hacer presión. Así me mantuve por un par de segundos, pero q para mi fueron siglos. Me sentí demasiado tentada ante la situación así q realice una pequeñísima presión sobre el otro extremo.
Al instante en q la seña del dolor llego de mi mano a mi cerebro lo solté y deje caer al piso. Analicé mi herida, y así fue q volví a encontrarme con espeso liquido rojo, un rojo rabioso, tal cual lo recordaba.
En ese momento, algo se apodero de mi, no se q, probablemente lo mismo q la ultima vez, si, era eso, ya estaba segura.
Con furia, rabia, dolor, tristeza, odio y millones de sentimientos más, todos mezclados dentro de mi, me agache, velozmente recogí el bisturí del piso y comencé, a toda velocidad, a cortar mi piel, tajo por tajo, cada fugaz movimiento de mi izquierda significaba una herida más en mi derecha y más manchas coloradas en el piso.
El dolor se encarnaba en mi, cada vez lo sentía más dentro mío, era como si fuéramos uno solo ya, inexplicable sensación cuando el sufrimiento se instala dentro de una.
No me atrevía a pronunciar palabra alguna al realizar mi acción, solo leves, muy suaves gemidos, prácticamente inalcanzables a los oídos, ni siquiera a los míos llegaban o tal vez me hallaba sorda debido al placer y al dolor mezclados entre sí.
De pronto me detuve. Como si algo me hubiera golpeado. Y me mire.
Mi brazo derecho se había convertido en una nublosa mancha roja, al igual q el piso, o quizás el dolor me enceguecía, hasta hoy día no lo se.
Fue ahí q me arroje al suelo, sobre mi propia sangre, y comencé a llorar desconsoladamente y a aullar de sufrimiento. No solo me dolían las heridas, si no q también me dolía el alma, otra vez.
No tengo idea de cuanto tiempo pase ahí tirada, solo se q fue mucho, muchísimo, o eso me pareció.
La cuestión es q decidí callarme, ya hasta los pulmones me dolían de tanto gritar y sollozar. Pero no me moví.
Permanecí ahí, en el suelo, recostada sobre la sangre q yo misma había hecho correr, la mía. Seguí llorando pero en silencio, en el mismo silencio q encontré al llegar a la habitación o tal vez peor.
Opte por esperarla allí, en algún momento llegaría y yo no me opondría a ir con ella, después de todo, siempre llamo mi atención, siempre quise morir...




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